Cuando un barrio deja de ser para toda la vida

La nueva forma de vivir en ciudad

Lejos de promover el desaliento residencial o de ser un franco incentivo al arriendo nómade, la siguiente columna va dirigida a una realidad innegable que se vive en las grandes ciudades, por muchos motivos y en diferentes épocas históricas, y que tiene que ver directamente con el cambio de casa.

Es que los niños crecen, los barrios mutan, las expectativas personales se van cumpliendo y superando y, por sobre todas las cosas, los lugares y espacios, en ciertas ocasiones, dejan de evocar las mismas emociones que en un inicio, producto de la lógica vorágine de la vida misma. En esas circunstancias, la esperanza siempre es que el cambio surja de la elección propia y como respuesta a causas virtuosas, como la aparición de un mejor panorama laboral o el crecimiento de la familia tras la llegada de un nuevo integrante. Sin embargo, en gran parte de los casos, el destino se torna menos benévolo y propone cambios originados en situaciones mucho más traumáticas y nefastas.

El boom de los 90’s.

Antes que el actual boom residencial de los departamentos y edificios de gran altura, se vivió en Santiago un interés creciente por irse a vivir a lo que, en ese instante, parecía periférico. El surgimiento de la Ciudad Satélite y el levantamiento de proyectos inmobiliarios en La Florida y Puente Alto, parecían invitar a imaginar un futuro próspero en el que la familia hiciera su vida a lo largo de varias generaciones, cual si fuera el paso inicial hacia una descentralización regional que, finalmente, no terminó concretándose.

Y claro, si bien en muchos casos se logró y los nuevos residentes echaron raíces en sus nuevas comunas, en más de algún testimonio se materializa una situación contrastante. El caso de Bajos de Mena, en Puente Alto, por ejemplo, ofrece un panorama en que las esperanzas, a ratos, se fueron truncando hasta volverse una absoluta incomodidad. Allí, los vecinos llegaron a habitar proyectos que se presentaron como la solución a años de búsqueda y luchas reivindicatorias, sin embargo, tras el paso de los años, la situación conflictiva y los problemas de calidad de vida fueron quitándole brillo a la compra de una vivienda que hoy no parece tan feliz.

En otros lados, no por nada se ha elevado la cotización y compra de seguros de auto, pues en conjunto con el alza en la calidad de vida, también ha ido al alza la sensación de inseguridad a bordo de los automóviles. En La Florida, comuna de población joven en el espectro del Gran Santiago, se han suscitado, con cada vez mayor frecuencia, hurtos y robos de vehículos SUV y 4×4 que han puesto en alerta a la población incluso para considerar contratar un seguro para sus autos. El interés, entonces, de las organizaciones vecinales por la instalación de alarmas comunitarias, resaltos en las calles y cierres perimetrales en villas y pasajes, ha sido ejemplar en los municipios, al punto de merecer la total atención por parte de las autoridades. Ahora bien, la imposibilidad de generar respuesta en los ritmos y tiempos deseados, ha propiciado que el boom actual de la migración hacia departamentos se vea potenciado, puesto que muchos antiguos propietarios de casas están optando por abandonar sus barrios como medida última de seguridad para sus seres queridos. El barrio ya dejó de ser para toda la vida y, casi en todos los casos, comenzó a sufrir cambios de los que no se podrá echar pie atrás.

Se amplía el horizonte

Aun cuando la estadística no es necesariamente promisoria para los residentes de departamentos, la sensación de seguridad parece aumentar por parte de quienes entran a un complejo y son recibidos por un conserje.

En mayor o menor medida, las barreras de entrada hasta llegar a golpear la puerta de la residencia de quien vive en un piso 8, por ejemplo, parecen ser mucho más nutridas que las que enfrenta un transeúnte que, en plena caminata, se encuentra frente a frente con un timbre. En parte por aquello y en parte porque se ha comenzado a privilegiar la ubicación por sobre cuestiones como la privacidad o el patio amplio, la predilección por los departamentos parece no mermar e, incluso, hasta puede acrecentarse una vez que se concrete la “ruptura de la burbuja” que muchos expertos auguran.

Los barrios hoy han ampliado su horizonte social y, cuando miran por la ventana, se exploran a sí mismos como entes que participan en la actividad cívica de su entorno, no sólo en la longitud de cada avenida sino, también, en lo alto de cada piso.